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Antecedentes sobre dominialidad

Diferenciación y responsabilidad hoy

Extracto del Apéndice 1° de "Los expedientes del valle de Santiago"

Aprecio oportuno acercar la relación que el historiador Carlos María Birocco nos regala alrededor de “la disputa por los montes y bañados”, iluminando las esencias de esta aun no confesada discusión.

Entonces eran discusiones entre lo particular y lo público. Hoy lo siguen siendo. Pero amén de ello, ahora está implícita la irresponsabilidad que transfieren al pobre Padre Estado por las obras permanentes que construyen con su aval en los mismos fondos de esos valles de inundación; amén del despojo de áreas verdes previstas por nuestros legisladores en esas áreas.

 

La disputa por montes y bañados

Aunque la legislación hispánica consideraba de propiedad comunal a los bañados, los propietarios de los terrenos inmediatos lograron apoderarse en la primera mitad del siglo XVIII de las tierras bajas que circundaban la desembocadura del río Luján y la ribera del Paraná de las Palmas.

Las apetencias de los terratenientes se centraban en las riquezas forestales naturales de este extenso territorio, los montes de árboles del país o “cimarrones” que bajaban de la barranca a la costa del Paraná.

Tanto el Cabildo de Buenos Aires como los gobernadores apoyaron inicialmente sus pretensiones. Ya en 1725, Mateo de Ábalos se presentó ante el alcalde Juan de San Martín “pidiendo se notificase a varias personas no le disfrutasen las maderas y otras cosas de las dichas tierras”, por lo que fueron apercibidos varios vecinos de los pagos de la Costa y las Conchas.

De la misma manera logró que le pagasen arrendamiento todos aquellos que habian levantado su población “en el bañado”.

Pero fueron principalmente el capitán Fermín de Pesoa y Don Nicolás de la Quintana (de Miguel de Riglos, el hombre más rico del hemisferio Sur en 1720, albacea testamentario el primero y yerno el segundo), quienes redondearon sus propiedades con la incorporación de las tierras realengas.

De la Quintana recibió en merced del gobernador Bruno Mauricio de Zabala todos los bañados que se hallaban en el frente de la estancia que poseyera su suegro sobre el río Luján, atento a que le eran útiles “para que los ganados que tengo en dichas estancias bajen a beber y por tiempos pastar en ellos en el de secas”.

Pesoa, por su parte, se apropió de unas tierras realengas de esta banda del Luján conocidas como Puerto de Riblos, donde se hallaban “unos montecitos para estacas y cañería brava”.

En 1747, Pesoa y De la Quintana acordaron deslindar la propiedad sobre los montes de árboles que se extendían de la barranca a los bañados del Paraná de las Palmas.

El primero concedió al segundo el disfrute de “dos mil quinientas varas de monte sobre la barranca y las mismas en el bajo de ella en tierras que me pertenecen... entendiéndose que sólo hago gracia del referido monte y no del terreno”. La mayor parte de estas arboledas se encontraba, pues, en antiguos terrenos realengos.

En 1751, Nicolás de la Quintana vendió sus dos suertes de estancia sobre el Luján al Convento Betlemítico de Buenos Aires. Aunque el traspaso de la propiedad comprendía los derechos sobre pastos y montes, los habitantes de las inmediaciones parecieron no comprenderlo así, pues pretendían el libre disfrute de las maderas en terrenos que consideraban comunales.

En Diciembre de 1751, los vecinos de Luján y la cañada de Escobar se quejaron en una presentación ante el Cabildo de Buenos Aires “de que los P.P. Velemitas les impiden el que puedan cortar leña, paja, estacas y demás menesteres para el abasto de sus casas en la costa del Paraná, tierras realengas y destinadas para este fin”.

El Cabildo que en la primera mitad del siglo se inclinara en favor de los terratenientes, respaldó en este caso a los peticionantes y envió un recado al padre presidente de la Orden para que no estorbara el corte de leña en las zonas bajas del río.

Cuatro años más tarde, los vecinos del partido enfrentaron idénticas prohibiciones por parte del capitán Fermín de Pesoa, que les impedía “que puedan pasar a los montes del Paraná a cortar leña, paja, cañas, maderas y lo demás que fructifican los montes realengos”.

Pesoa excusó su actitud, pretextando que el ingreso de estos faenadores ocasionales le causaba “daño en las haciendas”. Pero el ayuntamiento porteño, ante quien fue llevado el caso, ordenó a Pesoa que “ no les embarace la entrada, ni corte de dichos efectos, por convenir al bien público”.

En 1756, el capitán Pesoa vendió su parte en el Rincón de Escobar a Don Manuel de Pinazo, quedando de esa forma desvinculado de la más extensa porción del latifundio de Riglos. Sólo conservó las dos suertes principales que le tocaran sobre el Luján y una estancia situada “en la isla de Escobar de la banda de adentro”, cuyos ganados puso al cuidado de esclavos negros; (él mismo era hijo de Juana, una esclava negra propiedad de Riglos que había concebido a Fermín con la ayuda de un amigo de éste, de apellido Pesoa; y por ello Fermín fue liberado de la carga que llevaba su madre).

Con Pinazo, la disputa sobre los bañados volvería a repetirse, ya que éste intentaría agregarlos a sus dominios.

En 1774 realizó una mensura de sus posesiones en Escobar que partía desde la “lengua del agua” y no desde la barranca, como había sido costumbre desde el reparto de Garay.

Al ser desplazados los linderos, varias poblaciones resultaron comprendidas dentro de su propiedad, quedando los perjudicados en la opción de pagarle el arrendamiento por el terreno o despoblar sus fincas.

Diecinueve vecinos elevaron su petición ante el Cabildo de Luján, nuevo árbitro desde que este poblado se constituyera en villa, en que denunciaban las “ideas ambiciosas de Pinazo”, cuya petición era la de “constituir a tantos infelices bajo del yugo de arrendatarios”.

Siguiendo la tradición iniciada por el Cabildo porteño, el de Luján dictaminó que Pinazo “no innove en esto la costumbre inmemorial de amensurar las tierras desde las barrancas del bañado, quedando éste libre”.

Principios consuetudinarios rescatados por la legislación indiana reservaban estas aguadas, pasto y montes al usufructo comunitario.

Terratenientes como Pesoa, De la Quintana, los Betlemitas y Pinazo aspiraron a convertirse en propietarios de los bañados, pero aunque en la primera mitad del siglo sus pretensiones obtuvieron el respaldo del Cabildo porteño, hacia mediados de la centuria, tanto este ayuntamiento como el de Luján, viraron su posición hacia la defensa “del bien público”, desconociendo las pretensiones de estos latifundistas a la titularidad sobre las tierras bajas y sus riquezas forestales.

Ello no impediría empero, que la tendencia a la apropiación de los terrenos comunales, que Mariluz Urquijo atribuye al avance arrollador de los principios individualistas, pero que no es más que otra faceta, para que la lucha de los terratenientes por obtener el completo control del suelo cobrara su impulso definitivo hacia fines del siglo XVIII: no faltan ejemplos de ello para el resto de la Campaña bonaerense.

Carlos María Birocco

 

Agradecimientos y dedicatorias en ese Apéndice 1°

A Don Pedro Luro Oficialdegui

extraordinario peón de saladero, colono, que sin Banco Mundial, ni prebendas, en este germen de Nación, “hace 150 años”, con tripas y venas en el río Colorado obrara las primeras obras hidráulicas, aun hoy valederas.

Al que fundó ciudades, construyó muelles, pastoreó ganados y forestó extensas praderas.

Al que por la generosidad de sus increíbles tareas y la invalorable cesión de la franja pública en la bella costa marplatense aun se le recuerda.

A su bisnieta Julieta
que por años me inspira y alienta.

 

Agradezco después de seis años de solitario trabajo haber comenzado a sentir aprecio; muy necesario para lograr acercar agradecimiento a tantos funcionarios que me ayudaron.

Que quieran un día alcanzar a ser sentidos en no pocos de aquellos a los que hube de denunciar.

Que la perseverancia de los años en trabajo también hoy me los acerca a ellos, en el reconocimiento de sus propias dificultades para ejercer con responsable libertad su vocación.

Agradezco a María Marta Vincet, en primer término, de su experiencia y paciente laboriosidad, haberme regalado tantas orientadoras referencias.

A Edgardo Scotti, el inapreciable estímulo que me regalan, aun hoy sus esfuerzos en la redacción de las Leyes 8912, 10128 y tantas reglamentaciones.

A Alberto Mendonca Paz, el entusiasta y afable padre de estas leyes, su cercanía en muchos de mis esfuerzos.

A los antiguos funcionarios de la Dirección de Ordenamiento Urbano que asistieron durante años, de tantas formas, el desarrollo de estos procesos.

Agradezco a Felipe Solá su consideración al disponer después de seis años de trabajo, merezcan ser tratados estos expedientes, con renovado celo.

A la generosa oportunidad que su disposición descentralizadora regala, para generar, como moneda de cambio, mayor responsabilidad.

Muy en especial quiero mencionar a Cristina Alonso, a quien conozco desde hace 20 años y tantas veces hube denunciado. No puedo menos que celebrar el estímulo de contención de mis humores generado al lograr acercarme a ella; sintiendo las enormes dificultades de un funcionario público, para ejercer con responsable libertad, algún buen día su tarea.

 

A la Dirección de Hidráulica, Geodesia y a la consultora hidráulica adscripta a Fiscalía de Estado, (también comprometida en la denuncia), para presentar al Asesor Arcuri una propuesta de dictamen, que luego éste, a sus acuerdos resolvió.

Este dictamen reclama al menos mi consideración; pues evade, tanto, la memoria de sus propios errores ya confesados, como el cúmulo de antecedentes denunciados en el área administrativa y las mismas precisiones técnicas de áreas las más competentes, emitiendo juicio en estas materias.

Las consiguientes declaratorias en el área penal, consignando las faltas puntuales, las contradicciones, los arbitrios imposibles, las mentiras obligadas y las subsiguientes falsedades; asistiendo a su propio descalabro, tal vez logren iluminar esas licuaciones de responsabilidad y pongan en mejor cauce tantos desbordes.

Las primeras “limpiezas de lechos” tendrían necesidad de comenzar aquí.

Siguen los textos . . . . . . . . . Ver este Apéndice 1° en pdf

Francisco Javier de Amorrortu, . 2002